Conociendo la Iglesia

Una de las señales de la Iglesia antes de ser arrebatada es que se impondrán manos y sanarán. La Iglesia tiene una llamada para caminar e inquirir en el camino hacia el Amado, donde el reposo y la paz van de la mano, dándole gloria a Dios en el cielo. 

“Así que, por sus frutos los conoceréis” Mateo 7:20. Existen diferentes frutos que la Iglesia debe fructificar. La verdadera Iglesia que vuelve a la casa de Dios, (a la casa del Señor volveré por la eternidad). Las iglesias están llenas de gente salva, sin embargo, debe de haber una evolución y la Iglesia dar a luz a vivientes (Sal 127:3).

En Ap 12:1-3, vemos a una mujer que está dando a luz, donde el adversario quería comer el fruto de ese vientre reflejando una batalla. David figura de Cristo, se ve relacionándose con 7 tipos de mujeres, prototipo de la iglesia. Cuando cambia antiguo pacto con el nuevo, se percibe la transformación de la pascua por la Santa Cena.  

Uno de los prototipos tuvo 4 mujeres, llamado Jacob, no porque él quisiera. Raquel, Lea. Cada una de ellas dio a luz hijos.

LOS HIJOS DE JACOB Y LEA

Dios envía mensajes por medio de nombres, desde Adán hasta Noé había 10 hombres. Al escudriñar la vida de Jacob, podemos ver que Lea, cuyo significado quiere decir cansada y menospreciada, tuvo el 50% de hijos 6, a comparación de Bilha, Zilpa y Raquel con 2 hijos, dándonos a entender que por amor el Señor escoge a lo vil y menospreciado. 

Cada uno de los frutos nos marca por el poder de su Espíritu Santo y su Unción. Dios nos hizo ministros de un nuevo pacto, no para glorificarnos, sino reconociendo que es obra de Él y para el Señor.  Cuando vemos la Palabra, Lea dio a luz a Rubén, cuyo significado es He aquí un hijo (Gn 29:32). Cuán grande amor nos ha dado el Padre que nos permite ser llamados hijos, por esa razón debemos evolucionar teniendo identidad. El más grande ejemplo de amor, lo podemos ver cuando Jesús, hijo de Dios, llegó hasta el infierno y resucitó, en nombre de los hijos dados, los cuales somos nosotros dándonos la extraordinaria bendición de recibir un espíritu de adopción por el cual podemos decir Abbá Padre (Rom 8:15). 

José, un hombre impresionante, irreprensible y justo, atendió el llamado de Dios para poder ser el padre adoptivo de Jesús y aunque no era su verdadero padre, le llamaba de esa manera.

Amados, todos nosotros somos hijos de Dios y el Padre nos enseña a pedir, dándoos la guía para ensenarnos a orar “Vosotros, pues, orad de esta manera: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre” Mateo 6:9.  

Sin merecerlo, el Señor Jesucristo nos ha hecho sus hijos. Gratitud rebosa en nuestro corazón por el sacrificio en la Cruz, e tu hijo primogénito y unigénito. Pedimos de tu auxilio Señor, permítenos mostrarle al mundo la grandiosa revelación por tu Espíritu Santo y a pesar de los que pudiéramos ser, nos bendices llamándonos tus hijos.