Sed fecundados y multiplicaos

Sergio Castillo.

En el Antiguo Testamento vemos cómo el nombre que se le daba a los hijos estaba íntimamente relacionado con la situación que estaban viviendo sus padres al momento del nacimiento, un ejemplo de ello son los hijos de Jacob, pues el nombre de cada uno de sus hijos nos deja ver una etapa distinta en su vida. Sin embargo el nacimiento de José es distinto.

Génesis 30:22-24 Entonces Dios se acordó de Raquel; y Dios la escuchó y le concedió hijos. Y ella concibió y dio a luz un hijo, y dijo: Dios ha quitado mi afrenta. Y le puso por nombre José, diciendo: Que el SEÑOR me añada otro hijo.

Cuando Raquel concibe a José le fue quitada la esterilidad en la que se encontraba, y ella declara, que Dios había quitado su afrenta. Si ella hubiese querido dejar representada esa victoria en su vida, le pudo haber puesto por nombre Asaf, que significa haber quitado; pero curiosamente el nombre de José no tiene relación con que se había quitado su afrenta, lo que nos deja ver que Raquel vio más allá, pues José significa: Dios ha añadido, por esa razón en la parte final del versículo dice: que el Señor me añada otro hijo.

Génesis 30:43 Así prosperó el hombre en gran manera, y tuvo grandes rebaños, y siervas y siervos, y camellos y asnos.

El nacimiento de José vino a marcar una nueva etapa en la vida de Raquel y Jacob, pues antes de su nacimiento sólo se conocía a Jacob como un engañador y como un engañado pues había pasado por varios cambios de trabajos, de salarios, también le dieron a la mujer por la que no había trabajado, pero esto termina con la llegada de José pues en ese momento se despide de la casa de suegro y va en pos de la promesa que había recibido por su padre Isaac, una promesa de ser fecundo y fructífero.

Génesis 28:3 Y el Dios Todopoderoso te bendiga, te haga fecundo y te multiplique, para que llegues a ser multitud de pueblos.

Este es el momento de la bendición de Isaac sobre Jacob, en ese momento recibió la promesa que iba a ser fecundo, sin embargo es hasta el nacimiento de José que esta promesa empieza a cobrar vida, y no es para menos pues era el hijo de la mujer que él amaba, la mujer por la cual trabajó 14 años. Esta bendición también es para nosotros pues es un decreto del Padre en Génesis 1:28.

Ahora veamos la prosperidad en la vida de José, porque cuando pensamos en cosas que estén relacionadas a ese respecto, pronto lo asociamos a José.

Génesis 41:50-52 Y le nacieron a José dos hijos antes de que llegaran los años de hambre, los que le dio a luz Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. 52 Y al segundo le puso el nombre de Efraín, porque dijo: Dios me ha hecho fecundo en la tierra de mi aflicción.

La prosperidad de José la vemos reflejada con el nacimiento de sus dos hijos, quienes le nacieron durante los siete años de abundancia que vivió en Egipto, y con ellos inicia la prosperidad de José, pues fue fecundo antes de que vinieran los años de escases. Por esa razón le llama al primero Efraín, que significa fructífero. Esto era parte del cumplimiento de la promesa dada a su padre Isaac y a su bisabuelo Abraham, a quien le fue dicho que sería padre de multitudes, y esta promesa sigue vigente de generación en generación.

Pero, ¿qué relación tiene todo esto en el ámbito escatológico?

Cantares 4:16 (LBLA) Despierta, viento del norte, y ven, viento del sur; haced que mi huerto exhale fragancia, que se esparzan sus aromas. Entre mi amado en su huerto y coma sus mejores frutas.

En este versículo vemos cómo la amada anhela que su amado entre a su huerto a comer de su dulce fruto, lo que significa que es una iglesia que se preparó, que tiene algo que ofrecer y que espera con ansias poder entregar su mejor fruto, con el fin de complacer a su amado. Caso contrario la llegada del amado sería causa de preocupación, por esa razón debe haber una necesidad por fructificar, no con el fin de gloriarnos, sino de poder ofrecer un fruto exquisito al amado, y poder decir con toda solvencia venga mi amado a su huerto, pues el fruto estará dispuesto.

Apocalipsis 22:20-21 (LBLA) El que testifica de estas cosas dice: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús. La gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.

Si creemos que aún no estamos dando el fruto necesario para invitar al Señor a que venga, no quiere decir que desistamos de anhelar su regreso, simplemente es que en la misma medida que anhelamos la venida del Señor, en esa misma medida nos prepararnos para fructificar, pues el que tiene la esperanza puesta en El, a sí mismo se purifica (1 Juan 3:3).

Mateo 21:19 Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló nada en ella sino sólo hojas, y le dijo*: Nunca jamás brote fruto de ti. Y al instante se secó la higuera.

El no fructificar es un peligro, no podemos correr el riesgo de que el amado se presente y no encuentre fruto en nosotros. Si amamos la venida del Señor debemos estar dando fruto, no quiere decir que debemos estar perfectos para anhelar su venida, sino que tenemos que estar dispuestos a fructificar aunque esto implique morir a nosotros mismos, pues si el grano no cae a tierra y muere queda solo; pero si muere produce mucho fruto (Juan 12:24).

Juan 15:1-2 (LBLA) Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto.

No se trata de dar fruto por temporada, nuestro fruto debe ser constante, ahora no solamente debemos morir para dar fruto, sino que si ya dimos un fruto ahora vamos a entrar en un proceso de poda con el fin de producir más fruto. Si hemos estado en prueba, es señal que nuestro fruto ya fue tomado por el Señor y que estamos siendo podados para que nuestro fruto permanezca (Juan 15:16). Necesitamos ser podados, limpiar nuestra tierra de todo espino, las raíces de amargura y de todo aquello que nos impida dar fruto, pues no es suficiente dar fruto, sino que este debe ser de la mejor calidad para que se pueda decir de nosotros como se dijo de José; “rama fecunda es José” (Génesis 49:22).

Juan 15:3-4 Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Necesitamos dar no solo un fruto, sino muchos frutos, no nos conformemos con haber dado un fruto una sola vez, por esa razón; ahora veremos qué tipos de fruto podemos dar:

Mateo 3:8 Por tanto, dad frutos dignos de arrepentimiento…

Esto les fue dicho a los fariseos, pero debemos tener cuidado de no convertirnos en religiosos, pues podríamos pensar religiosamente que por las obras que hacemos repetitivamente estamos dando fruto, cuando la realidad es que eso serían obras muertas.

Hebreos 13:15 (LBLA) Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante El, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre.

Esto no solamente se refiere al tiempo dedicado a la alabanza dentro de nuestro culto al Señor, la alabanza a Dios debe ser constante en nuestra boca, por tal motivo debemos analizar nuestro hablar y preguntarnos si lo que hablamos es un fruto digno del amado.

1 Corintios 9:11 (LBLA) Si en vosotros sembramos lo espiritual, ¿será demasiado que de vosotros cosechemos lo material?

Esto nos habla de obtener un fruto material como consecuencia de la abundancia espiritual que hemos recibido, ofrendando de tal manera que el amado se agrade de nosotros, tal como se agradó de la viuda que presentó las dos blancas, para que cada vez que traigamos nuestras ofrendas, el Señor se pueda deleitar en ellas, que pueda agradarse de nosotros por la actitud de nuestro corazón más que por la cantidad que podamos entregar.

Mateo 25:19 Después de mucho tiempo vino* el señor de aquellos siervos, y arregló* cuentas con ellos.

Esta parábola tan conocida, nos invita a preguntarnos qué estamos haciendo con los talentos, virtudes y dones que el Señor nos ha entregado.

Mateo 25:21 Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”

En los dos primeros casos, el Señor premia a sus siervos por haber multiplicado lo que les entregó; estos talentos los podemos multiplicar poniéndolos a los pies del Señor para que se convierta en un fruto exquisito para El.

Si no hemos encontrado fruto que darle al Señor, hoy podemos venir delante de nuestro Padre que es el labrador, y pedirle que quite lo que El no plantó y que nos haga fructíferos, y de esa forma ser parte de esa amada que está preparada y que puede decir venga mi amado a su huerto, porque su fruto está listo.

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